24 mar 2015

El 30 de marzo inauguro en la galería La Naval de Cartagena, Murcia, 

 INTENTO DE APROPIACIÓN DE UNA SILLA DE PARÍS.


 

Boceto de la instalación Intento de Apropiación de una silla de París para La Naval.

El joven Cadou era aspirante a ser escritor. De hecho, llevaba ya meses preparándose para serlo. Era la alegría de sus señores padres, que, a diferencia de muchos otros, habían puesto a su disposición todo tipo de facilidades para que él pudiera ser escritor. Les hacía una ilusión inmensa que el joven Cadou pudiera un día convertirse en una brillante estrella del firmamento literario francés. Condiciones no le faltaban al chico, que leía sin tregua toda clase de libros y se preparaba a conciencia para llegar a ser, lo más pronto posible, un escritor admi 

A su tierna edad, el joven Cadou conocía bastante bien la obra de Gombrowicz, una obra que le tenía muy impresionado y que le llevaba a veces a recitar a sus padres párrafos enteros de las novelas del polaco.

Así las cosas, la satisfacción de los padres al invitar a cenar a Gombrowicz fue doble. Les entusiasmaba la idea de que su joven hijo pudiera entrar en contacto directo, y sin moverse de su casa, con la genialidad del gran escritor polaco.

Pero sucedió algo muy imprevisto. Al joven Cadou le impresionó tanto ver a Gombrowicz entre las cuatro paredes de la casa de sus padres, que apenas pronunció palabra a lo largo de la velada y acabó —algo parecido le había ocurrido al joven Marboeuf cuando vio a Flaubert en la casa de sus padres— sintiéndose literalmente un mueble del salón en el que cenaron.

A partir de aquella metamorfosis casera, el joven Cadou vio cómo quedaban anuladas para siempre sus aspiraciones de llegar a ser un escritor.

[Cadou] (…) no se limitó a verse toda su breve vida (murió joven) como un mueble, sino que, al menos,pintó. Pintó muebles precisamente. Fue su manera de irse olvidando de que un día quiso escribir.

Todos sus cuadros tenían como protagonista absoluto un mueble, y todos llevaban el mismo enigmático y repetitivo título: «Autorretrato».

«Es que me siento un mueble, y los muebles, que yo sepa, no escriben», solía excusarse Cadou cuando alguien le recordaba que de muy joven quería ser escritor.

Sobre el caso de Cadou hay un interesante estudio de Georges Perec (Retrato del autor visto como un mueble, siempre, París, 1973), donde se hace sarcástico énfasis en lo sucedido en 1972 cuando el pobre Cadou murió tras larga y penosa enfermedad. Sus familiares, sin querer, le enterraron como si fuera un mueble, se deshicieron de él como quien se deshace de un mueble que ya estorba, y le enterraron en un nicho cercano al Marché aux Puces de París, ese mercado en el que pueden encontrarse tantos muebles viejos.

Sabiendo que iba a morir, el joven Cadou dejó escrito para su tumba un breve epitafio que pidió a su familia que fuera considerado como sus «obras completas».

 “Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio.”
Clement Cadou. Epitafio (Obras completas)

(Enrique Vila-Matas. Bartleby y compañía. Anagrama 2002)

 

  En otoño de 2001 disfruté durante 4 meses de una beca en la Ciudad Universitaria Internacional de París.

En aquel viaje, sin haberlo planeado premeditadamente, decidí leer a mi admirado Georges Perec en francés. En la biblioteca del Colegio de España, donde me alojaba, encontré un libro que me pareció muy apropiado en aquel momento: Tentative d’épuisement d’un lieu parisién.
En él hallé una frase que desde entonces se convirtió en leit motiv de mi trabajo; escribía Perec: “Mi propósito en estas páginas es describir el resto: eso que no se nota generalmente, eso que no destaca,  eso que no tiene importancia: eso que pasa cuando no pasa nada, sólo  el tiempo, las gentes, los coches y las nubes.”

Con mi francés básico traduje el título del libro como Intento de apreciación de un lugar parisino. Ahora, gracias a una edición en castellano (Gustavo Gili, 2012), se que la traducción correcta es Tentativa de agotamiento de un lugar parisino.
Esta confusión lingüística es la que alienta el nombre de Intento de apropiación de una silla de París.

Perec es una de las patas en la que se asienta el proyecto que presento en La Naval. Mi instalación quiere además rendir homenaje a una construcción singular de los años 30, a la pintura de interiores holandesa del XVII y a la silla Standard de Jean Prouvé.

Aquella estancia, me brindó la ocasión de conocer un maravilloso edificio de los años 30,  ya que me adjudicaron un estudio situado en el Colegio Holandés (College Néerlandais). El colegio por fuera me encantó, pero todavía me pareció mejor cuando accedí al interior por aquella marquesina de entrada tan peculiar, allí estaba la conserjería y después el amplio hall donde hacían la vida los estudiantes. Me fijé en la carpintería original de hierro de los ventanales que daban al patio central, en las barandillas de las escaleras, en los suelos, etc. Todo me llamaba la atención y todo me gustaba.










College Néerlandais. Ciudad Universitaria Internacional de París.






  Entrada principal y vistas del interior del Colegio Holandés.





Aquel atelier del Colegio Holandés tenía paredes blancas y el suelo de baldosa ajedrezada, dos grandes ventanales por los que entraba luz natural y muchos armarios empotrados, además de un cuartito con un lavabo. Su escueto mobiliario consistía en una mesa grande lacada en negro, diseñada para ser utilizada por dos estudiantes, y un par de sillas que  el inquilino anterior (el pintor Santiago Idañez) usaba para apoyar sus lienzos mientras pintaba. Pero como yo llevé desde Madrid mi caballete de estudio desmontado, las usé para sentarme a trabajar en la mesa.



Taller de París. 2010. Gouache sobre papel. 21x29,5 cm.





  Silla del taller de París. 2010. Gouache sobre papel. 21x29,5 cm.




Desde el principio quedé intrigada con una de las sillas, que se convirtió en mi predilecta. La fotografié desde varios ángulos y como me ocurre a menudo, pronto encontré que aquella silla tenía personalidad propia. Yo sentía que aquella silla era especial. Entonces en una visita al Museo de los Años Treinta conocí el mobiliario de Jean Prouvé y lo tuve claro. Consulté libros y descubrí que aquella silla era una de las que el francés había diseñado para amueblar la cafetería de la Residencia  de Ingenieros de Artes y Oficios en los años 50. Durante los sucesos de mayo del 68, cuando las casas y las instalaciones de la Cité fueron ocupadas, aquellas sillas anduvieron de un lado para otro y esta había acabado su deriva en aquel estudio donde llevaba años sin llamar la atención.







  

 La silla de París. 2014. Acrílico sobre lienzo. 33x46 cm.



La tentación de apropiarme de aquella silla fue realmente fuerte. Con los lienzos, bastidores, el caballete, etc., yo tenía mucho material para mandar de vuelta a España. La beca incluía una bolsa de viaje para transporte y compré en unos almacenes parisinos (BHV Marais) un gran baúl rojo metálico para llenarlo de cosas. No me hubiera resultado difícil meter dentro la silla y llevármela.
Tengo la seguridad de que nadie la habría echado en falta porque yo misma fui la que avisé en la oficina de asuntos culturales de la Cité, y allí se pusieron contentísimos porque desde hacía algún tiempo habían puesto en marcha un inventario del mobiliario original y no tenían ni idea de su existencia. ¡Cuántas veces me he arrepentido de ese arrebato de honradez!

Así comenzó mi historia de amor por la silla Standard de Prouvé. A partir de aquellas fotos tomadas en el estudio la he pintado y dibujado muchas veces. Hace ya unos años escribí: “Pintar cosas, me devuelve aquellos objetos que he perdido y también me libera de la necesidad de poseerlos”, pero en el caso de la silla Standard esa teoría no me ha funcionado




    
   Nº 25 (Serie Retratos de Asiento). 2011. Gouache sobre papel. 13x21 cm.










Serie Ojitos. 2004. Gouache sobre papel. 4 piezas de 38x57 cm.





Ahora al remirar unas fotografías del taller donde sale el baúl rojo me he dado cuenta de que el rincón, con la baldosa en damero y la luz que entra oblicua por la ventana, parece sacado de un cuadro de interior holandés. El hecho de haber estudiado últimamente la pintura holandesa del XVII me ha llevado a caer en la cuenta de que aquel otoño en París yo había ocupado mi propio “interior holandés”, y por eso he pretendido dar ese aire a estos dos lienzos referentes al frustado intento de robo.

Teresa Moro, Marzo 2015









 Silla Standard con libro y Baúl rojo en interior holandés. 2015. Acrílico sobre tela.
18x18 cm.






Podeis ver toda la historia y proyectos de La Naval en http://www.lanaval.com/LaNaval/Home.html




















10 feb 2015

Exposición colectiva "El tiempo de las canciones"

"EL TIEMPO DE LAS CANCIONES" Exposición colectiva en la galería My name's Lolita Art. Madrid.

Este jueves día 12 de febrero se inaugura en My name's Lolita una exposición colectiva comisariada por el artista Dis Berlín.

La propuesta que nos hizo fué que eligieramos una canción para ilustrarla en formato portada de "single" (vinilo de 45rpm), es decir respetando las dimensiones de 18x18 cm.

Y la verdad es que no resultaba fácil para mi porque, sinceramente, en general me cuesta ilustrar ideas ajenas, así que deseché muchas canciones que me encantan pero que era incapaz de convertir a imágenes. 
Al final elegí una de Bob Dylan, un fecundísimo "hacedor" de canciones que siempre he disfrutado escuchando. Y no, no es "When I paint my masterpiece" ni "She belongs to me" (She's got everything she needs,  She's an artist, she don't look back,  She's got everything she needs, She's an artist, she don't look back, She can take the dark out of the nighttime, And paint the daytime black,..), las dos son demasiado "oscuras" para mi. La ganadora fué "I'll be your baby tonight", canción sencilla donde las halla y que invita a disfrutar (al menos por una noche). Es de las que siempre canto mientras la escucho sonar.


"I'll be your baby tonight, (Bob Dylan)" Acrílico sobre tela, 18x18 cm.
 
En la Galería My Name’s Lolita Art. Calle Almadén, 12, bajo. Madrid. Desde el 13 de Febrero.

Acabo con un texto del comisario sobre la exposición.


45 RPM

Esta exposición es un homenaje a las canciones.
Quienes tuvimos la suerte de tener tocadiscos de jovencitos, paladeábamos la música canción a canción en los discos de 45 rpm. A parte del encanto de sus portadas, en ellos estaba generalmente lo mejor de los LP’S.
El impulso de querer escuchar determinada canción, tenía la ritualización inevitable de sacar el vinilo de su funda, colocarlo en el giradiscos y finalmente con delicadeza posar la aguja. Antes de esto, estaba la decisión de elegirla entre todas las que nos tentaban en la tienda discos, pues era un objeto caro.
Ahora que la música parece llovida del cielo, con Spotify o los MP3, los tres minutos que solía durar una canción, ya no son el formato con el que se suele disfrutar la música. El mismo empacho se ha impuesto en los interminables CD’s, frente a la más o menos media hora que duraban los LP’S.
Me temo que ese cambio no es algo que tiene solo que ver con la forma en que se reproduce la música, sino con la esencia de lo que es o no es una canción.
Hoy mucha gente confunde “temas” con “canciones”. Simplificando, la diferencia entre uno y otro sería que un tema se nos olvida a los pocos minutos de haberlo oído; una canción, buena o mala, se nos graba, a veces a fuego, en nuestra memoria. Basta una ráfaga de notas de una canción que no escuchábamos hace años, para que cobre vida de nuevo. Un tema, debido a su naturaleza amorfa, nace de la nada y se va al olvido. Una canción, a veces a pesar nuestro, es un “alien” que vivirá para siempre dentro de nuestra mente o de nuestro corazón.
El título que he elegido para esta exposición es la frase con la que suele iniciar su programa “Islas de Robinson”, Luis de Benito en Radio 3. Un programa que, al igual que el imprescindible “Flor de pasión” de Juan de Pablos, recomiendo siempre a los fanáticos de las canciones.
Aunque, por desgracia, es raro que nos pidan portadas a los pintores, somos probablemente el gremio que más música consume y que por lo tanto más disfrutamos de su influencia.
 

Dis Berlin



25 feb 2014

ROSEBUD. Exposición colectiva.


Se Inaugura el Sábado 1 de Marzo a las 12:00 del mediodía en el espacio de Vuela Pluma Ediciones. C/San Lucas, 3. Madrid.
María Escribano cuenta que la idea de la exposición nació en una conversación con Eugenia Niño y Gemma Sunñer sobre Ciudadano Kane de Orson Welles.

Desde el momento en que me llamó María para proponermelo a mí me apeteció participar.

Mi pieza habla más de la adolescencia que de la infancia, en ella he vuelto a pintar la litera que compartía con mi hermana en la casa familiar donde me crié.
La he planteado como un Vanitas. Incluso he copiado el formato en semicirculo de los Dos Jeroglíficos de las Postrimerías de Valdés Leal que se encuentran en el Hospital de la Caridad de Sevilla, también de esas obras barrocas viene la sentencia en latín de la filacteria: "In ictu oculi" que se traduce como "en un abrir y cerrar de ojos".



In Ictu Oculi de Valdés Leal


Para la ocasión han editado un cartel con las obras (que no podían pasar de 40 x 50 cm) de los 20 artistas que participan y con el texto que ha escrito María Escribano.
La lista completa de artistas: Almudena Armenta, Carmen Calvo, Charris, Dis Berlín, Forns Bada, Alfonso Galván, Carlos García Alix, María Gomez, Mariana Laín, Juan Antonio Mañas, Perico Pastor, Guillermo Perez Villalta, Agueda de la Pisa, Miluca Sanz, Juan Carlos Savater, Brigitte Szenczi, Pilar Insertis, Rafael Zapatero y yo.

Este es el cuadro que he pintado para "Rosebud".


  "Vanitas", 2014. (Acrílico sobre lienzo. 46 x 38 cm)

Estoy encantada y agradecida de poder añadir aquí para completar esta entrada el texto que María Escribano ha escrito para la exposición y que se encuentra impreso en el reverso del cartel que Vuelapluma ha editado.

Veinte Rosebuds en Vuelapluma.

“El señor Kane fue un hombre que tuvo cuanto se puede desear y lo perdió luego. Puede que Rosebud fuera algo que no pudo conseguir o algo que perdió”.

Secuencias finales de Ciudadano Kane.

“¿Cómo voy a resistir el dolor de todo lo que se ha perdido sin dejarme siquiera el sueño de una edad prístina, teñida tal vez por el violeta de la melancolía, sin un mito de la expulsión que sirva para interpretar mi dolor?.” 

J.M.Coetzee. En medio de ninguna parte.

¿Pero hubo alguna vez una edad prístina y si la hubo, fueron los hombres que tuvieron la

fortuna de vivirla, conscientes de ella?. Desde el principio de los tiempos parece que el ser

humano fantaseó con la idea de una Edad de Oro en la que los dioses y los hombres eran uno

y a la que seguía la escisión, la degradación y la pérdida. Hesíodo nos ha dejado la primera

narración de ese orden descendente desde el oro al hierro, que planeará sobre occidente

durante siglos, de tal modo que podría decirse que el recuerdo de una Edad de Oro o de un

Paraíso Perdido, ha sido uno de los grandes temas de la cultura occidental.

 Pero es sin embargo desde el Renacimiento, un momento de ruptura con un mundo

de fronteras precisas y de precaria delimitación de otras nuevas , un momento de

descubrimiento de nuevos mundos físicos e imaginarios , cuando esta conciencia de pérdida

y esta añoranza de plenitud a la que llamamos melancolía, teñirá con mayor intensidad

toda la cultura de occidente. El neoplatonismo, abonará la idea de un alma infinitamente

luminosa en su origen a la que la materia oscurece y a la que el aprendizaje devuelve parte de

lo que ha olvidado. De ello se seguiría igualmente que la melancolía podía transportar a un

estado que permitía recobrar la clarividencia, el conocimiento en estado puro, por intuición

directa. Así los artistas, nacidos bajo el signo de Saturno, serían aquellos a los que su condición

melancólica permitiría vislumbrar la visión del paraíso y el arte el lugar en el que se acababa

alumbrando el fruto de esas visiones.

Desalojado de la vida cotidiana el neoplatonismo, reducido casi exclusivamente en

nuestro tiempo a estantería de erudito, la melancolía mostrará sin embargo su resistencia,

su capacidad para mutar y seguir afectando a todos cuantos tienen la sensación de

haber perdido algo o no han encontrado todavía lo que buscan. Y así la sicología vendrá

en su ayuda y ensayará una explicación distinta (y quizá no menos platónica) para esa

añoranza porque no es ahora una vida anterior, pero si la infancia, la proveedora de ese

conocimiento mágico que proporciona la medida exacta del nombre de las cosas. La sicóloga,

Marion Milner, investigadora de referencia en la relación entre juego y creatividad, no puede

evitar asociar ese momento con “el poeta primitivo que hay en cada uno de nosotros” e

incluso pensar que ese estadio de la vida “se parece demasiado a las visitas de los dioses”.

La madurez, la entrada en la razón, supondría la gran fractura, la privación de la intimidad con

la realidad y es el arte el que de alguna forma volvería a devolvernos parte de ella.

 En 1941, cuando América comenzaba a salir de la Gran Depresión, Orson Welles realiza

Ciudadano Kane y la mítica película no es una emotiva confesión de experiencias iniciáticas

como cabría esperar de un joven de 26 años , sino la historia de un hombre poderoso

y depredador contada desde su niñez hasta sus momentos finales . Fiel a la tradición que

encuentra en el desengaño y la decepción, uno de los principales resortes de la creación

artística, Ciudadano Kane puede leerse como una denuncia de la futilidad del poder y los

bienes materiales, pero es sobre todo un dramático lamento de la irremediable pérdida del

paraíso de la inocencia. Orson Welles vuelve así en esa obra realizada en estado de gracia, a

narrar la melancolía de un hombre simbolizada en una palabra, Rosebud , y en un objeto,

un trineo, que el fuego acaba consumiendo y cuya íntima asociación entre ambos, el gran

secreto de la historia, quizás de todas la historias, solo el propio Charles Foster Kane y nosotros

los espectadores conocemos . Mientras lo vemos consumirse en el fuego de la gran chimenea

de Xanadú, esa escena final vuelve a recordarnos de nuevo el imposible encuentro de las

palabras y las cosas, perdido en el mundo ideal de la infancia y origen de cualquier forma

de melancolía. ¿ Como no evocar ante ella El sueño de Colerigdge, y pensar en Rosebud

como una nueva manifestación de ese arquetipo, ese objeto eterno al que Borges imagina

ingresando paulatinamente en el mundo para agregar a la realidad sueños como el palacio

de Kublai Khan y el poema de Coleridge?.

 Pero vivimos ya en otro tiempo y sufrimos otra modalidad de Gran Depresión. En El lobo de

Wall Street, Scorsese relata también la ascensión y caída de un triunfador posmoderno,

depredador como Kane, pero a diferencia de este sin un Xanadú real o imaginario que

habitar, sin un Rosebud que situar en una edad primigenia, sin la añoranza de la llegada

de ningún arquetipo, de ningún objeto eterno. A diferencia de Charles Foster Kane, Jordan

Belfort , no se nos presenta como un personaje melancólico rodeado de obras de arte, sino

como alguien que , por citar dos obras de un gran melancólico contemporáneo , J.M. Coetzee,

ha sobrepasado la Edad del Hierro para aterrizar En medio de ninguna parte, en un mundo

infernal, sin pasado, sin referencias y sin jerarquías. Un medio ciertamente hostil para

determinado tipo de artista, para determinado tipo de arte… si no se opta por salirse del

tiempo, por rebelarse contra él.

Esta exposición parte de una conversación sobre la película de Welles. Reunir a una serie de

artistas, para que nos desvelaran su Rosebud personal, fue una tentación irresistible y quizá

un atrevimiento , aunque bien mirado , ¿qué otra cosa continúa haciendo el arte ,al menos

aquel que sigue interesado en el deseo de conciliar el mundo ideal y el mundo sensible,

sino tratar de resucitar el Rosebud primordial?. Elegimos a artistas, diez hombres y diez

mujeres, que estuvieran en il mezzo del camino, un buen momento para extender la mirada

sobre el pasado y tratar de descubrir a que imagen asociaron el vislumbre de la plenitud

y si esa imagen fue después una referencia en sus vidas o en sus obras. Una imagen que

puede aparecer soleada como la cúpula del palacio de Kubla, aunque flotando en el abismo

tenebroso , pues no ignoramos que el arte ha podido nacer justamente de esa desgracia,

de esa pérdida de inocencia, de ese pecado original de la memoria, porque ¿quién desearía

en occidente cantar un paraíso que no se ha perdido?. Nuestro pecado nos conforma

como hombres tanto como nuestra gracia de modo que nuestro olvido, nuestra mutilación

primordial, nuestra insatisfacción, nuestra melancolía en fin, es una llamada de atención

a los dioses para que acepten el reto y acaben por reconocernos y devolvernos el tiempo

perdido.

 Es muy posible que cuando escribió el guión de Ciudadano Kane, Orson Welles admirador

de los poetas románticos ingleses, conociera Xanadú, el famoso poema de Coleridge, pero

no había podido leer el cuento de Borges publicado en Otras Inquisiciones en 1952 . Quizás

el viejo trineo haya viajado ya al universo de los arquetipos para simbolizar, como el

arte, aquello que nos saca del tiempo, que nos despierta del letargo de la existencia para

devolvernos un instante de iluminación. También nosotros confiamos en que la serie de

sueños y trabajos no haya llegado a su fin y en que no cesará el número de soñadores que

en cualquier lugar y en cualquier momento nos devolverán las cosas, las rescatarán de los

sueños para darles la forma de un palacio, un poema, un mármol, una música o una pintura.

Fue con esa esperanza, con esa secreta intención, con las que, en una noche de primavera,

Eugenia, Gemma y yo planeamos esta exposición.

 
María Escribano. Enero de 2014


16 ene 2014

Laura Vila ha seleccionado dos obras mías para su proyecto En la Habitación que se inaugura hoy.

EXPOSICIÓN TRES PROYECTOS. realizados por Irene Calvo, Laura Vila y Marisa M. Ruiz-Zorrilla. Proyectos seleccionados bajo la dirección de Margarita Aizpuru a través del curso El Comisariado y la organización de exposiciones

  

Proyectos seleccionados:

Irene Calvo Ver proyecto VIDA
Laura Vila Ver proyecto En la habitación
Marisa Moreno Ruiz-Zorrilla Ver proyecto Transiciones
Inaguración: 19:30h,  16 de Enero del 2014
Lugar: Fundación FIArt c/ Infantas 27, 2º Izq.

La información completa en el siguiente enlace

 http://www.fundacionfiart.org/eventos/exposicion/

11 dic 2013





La galería Siboney de Santander lleva mi obra a la feria CASA-ARTE. Se celebra en Madrid del 12 al 15 de Diciembre.
Comparto stand con Vicki Uslé y Ricardo González García.

 Calle Amatista. 2013. 81x100 cm. acrílico sobre tela.

Calle García Marín. 2013. 81x100 cm. acrílico sobre tela.

24 abr 2013

Inside Job, texto del catálogo de los XI BECARIOS ENDESA






 ART LISBOA 09 (ART LOUNGE). 2010. Acrílico sobre tela. 114 x 146 cm.
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Inside Job

  
Fernando Huici March



  Con el paso de los años, he acabado por convencerme de que, en rigor, lo que Teresa Moro hace en verdad, en verdad, es pintar bodegones. Ya se que me dirán ustedes que lo que aparece en sus telas y dibujos son, insistentemente, muebles; un tema, por otra parte, este de las referencías mobiliarias, que compone una particular metáfora recurrente en la iconografía de la plástica de nuestro tiempo. Pero, insisto, lo de Teresa Moro es, como el jamón del film de Bigas Luna, bodegón bodegón, término este tan castizo y propio de nuestra lengua que, sin duda, prefiero aquí a aquel otro equivalente –que tiene su miga, no lo niego, en ciertos contextos– de naturaleza muerta, que compartimos, para tales cuestiones, con los franceses. Como preferiría igualmente, en todo caso, el término anglosajón de still-life, que cabe traducir literalmente como vida detenida o en suspenso.

  El bodegón, como es sabido, es un género pictórico que toma como motivo un grupo de objetos, puestos juntos o en relación en un mismo espacio, buscando obtener una determinada composición. Pueden ser objetos bien humildes, al modo de los pucheros, cántaras de barro, cardos o ristras de ajos, propios de la Escuela española más austera, como suntuosos, al modo de las suculentas aves y sensuales frutos, las delicadas copas de cristal tallado, y aún las áureas monedas, naipes, relojes, o el mudo fragor de las armas de guerra e instrumentos musicales, tan al gusto del esplendor alegórico de los maestros flamencos. Pero, al final, todo se reduce a lo mismo. Una acumulación de objetos, dejados ahí, a su suerte, en un escenario que excluye cualquier presencia humana. Justo lo mismo que ocurre con los grupitos de butacas, mesitas y sillas de Teresa Moro, y, de forma cada vez más evidente, con la progresiva indefinición de su entorno escénico, tal y como la tendencia al uso de una cierta escala tiende a acentuar, lo que sin duda ayuda. En fin, lo dicho, bodegones.

  Es cierto, en todo caso, que algunas de las tipologías de muebles que han determinado ciertas series de la artista madrileña, quizás entre las más tempranas, apuntaban a la evocación de un nexo autobiográfico –como aquellas que evocan muebles de la casa familiar o de la suya propia, al igual que el repertorio de camas donde ha dormido– y que la contemplación amorosa de ese microcosmos, entre candorosa e irónica, tendía en origen a una dicción pictórica como de ilustración de cuento o dibujo animado que, a la percepción antropomórfica que la artista ha solido atribuir a su fauna mobiliaria,

venía a sentarle, no me negarán, como anillo al dedo.

  Pero aún así, con el tiempo, y a la par que una sintaxis algo más realista y taxonómica, han ido imponiéndose en su iconografía otras estirpes que remiten, por lo común, a un particular perfil de enclaves cotidianos: cafeterías, espacios de espera, salas de actos, aeropuertos, estructuras de cintas para ordenar colas... O, lo que es lo mismo, lugares, por lo general de tránsito, que por su misma naturaleza, identidad y uso funcional, tienden a enfatizar, más todavía con la ausencia manifiesta de toda presencia humana, una elocuente resonancia simbólica de nuestra propia condición fugaz. Idea, que su ciclo paralelo de contenedores y muebles abandonados en la calle, a los que bautiza, con intención bien significativa, como homeless, no haría más que rubricar. Lo que los convierte en algo así como una versión “aggiornada” de los emblemas de la vanidad, aquellas estampas que en la fragilidad de la pompa de jabón y el temblor

de la llama de la vela o en los objetos que escenifican la inane vanidad de los avatares humanos, construyen un discurso trascendente al que, no en vano, Charles Sterling venía a asimilar, en su significado profundo, a la estirpe toda entera del bodegón.

   Con todo, el ciclo de obras pintadas por Teresa Moro en el bienio correspondiente a su condición de becaria de Endesa, y al que pertenece, como es obvio, la selección de telas y papeles incorporada a esta muestra, corresponde en lo esencial, en su perfil mobiliario, a un registro tan particular como revelador. Como es común en la estrategia de trabajo de la artista madrileña, los conjuntos representados se atienen fielmente a un modelo fotográfico específico. Esto es, ni son muebles inventados ni composiciones recreadas a partir de la integración de elementos de distinta procedencia documental. Se trata por el contrario, cabría decir, de “escenarios encontrados” por la pintora al azar del transcurso cotidiano o en sus viajes y, simplemente, seleccionados en base al potencial significante que en ellos intuye y aislados de su entorno en el mundo real. Pero resultan ser además, insistimos, en el presente caso, conjuntos de carácter muy preciso.

   Tal y como indican los títulos, su tema son esas mesitas rodeadas de distintos tipos de asientos que nos acogen en el umbral de los stands en las ferias de arte y, en concreto, para las obras aquí presentes, corresponden a modelos vistos y fotografiados por Teresa Moro en stands reales de distintas ediciones de Arco, de Arte Lisboa, del Armory Show, Scope Miami o Pulse NY. De entrada, advertimos con ello que la artista ha situado, en esta ocasión, el foco de atención, y de manera bien inequívoca, en el propio contexto profesional asociado a la práctica artística. Pero, significativamente, no ha elegido el tipo de enclave más clásico que remite, de forma implícita, a la intimidad del proceso creativo, como ocurre con el estudio, ni a aquel otro que, al modo del museo o la sala de exposición, apunta por el contrario, en su acepción más amplia, a la difusión y percepción pública de la obra artística. Por el contrario, dentro de la geografía de su ámbito natural, ha optado por un tipo de paisaje bien revelador.

   A la par si se quiere que las grandes salas de subastas, las ferias, como es notorio, son, en tanto que espacio simbólico, el escenario ritual por excelencia del mercado artístico y, en consecuencia, el enclave donde la obra de arte desnuda y exhibe, hasta el punto de tensión extrema, su condición de mercancía. Y es justo en el limbo de esa suerte de acogedoras “salitas de estar” que simulan ser, sin engañar realmente a nadie, en su aparente inocencia, es donde se sitúa a la postre el vórtice efectivo en el cual, por regla general, “se cuece de verdad el asunto”. Y digo “se cuece” con toda intención, ya que, amén de ser el lugar donde se cierran los tratos, el exquisito diseño que tienden a exhibir esas mesitas, sillas y butacas les da un aire a la sofisticada pulsión escultórica que los grandes chefs a la moda otorgan a la presentación de sus creaciones, redundando en la idea de que son de nuevo bodegones, pero esta vez derivados de aquello que, no por casualidad, han dado en llamar “la cocina del mercado”.

   De ahí la extrañeza e intensa resonancia alegórica que adquieren esos conjuntos despoblados de toda presencia humana, aislados de su entorno natural y transmutados, como advertíamos, por la artista en una suerte de bodegones de la gastronomía más “chic”. Y no es que sea un hecho insólito el toparse así, sin sus “dramatis personae”, esos escenarios de acogida en los stands de las ferias, circunstancia que suele ser habitual, ya sea hacia el final de las jornadas de montaje o en la hora del almuerzo. Los profanos incluso suelen pensar que ello anuncia la ocasión de poder contemplar a placer, sin

 ser molestados, las obras expuestas. Pero es justo lo contrario. Dado que, en primer lugar, el personal que allí tiene su hábitat y territorio de caza, si no es requerido, rara vez hace nada que pudiera asustar al ave incauta que acude al reclamo del vistoso plumaje de las piezas. Y, mucho más aún, por la viva sensación de que, en ausencia del cazador, hay algo finalmente perverso y contra natura en acercarse a disfrutar de aquello que, les digan lo que les digan, no está allí precisamente para ser contemplado. Dicho en cristiano: hacerlo es abandonarse a la torpe autosatisfacción del “voyeur” y no seguir, como dicta la ley natural, un impulso potencialmente productivo.

   Aún así, en el acto de apropiación que establece Teresa Moro al transformar tales escenarios vacantes en bodegón, la cosa

cobra otro cariz alegórico, y a su manera bien fecundo. Ningún icono mejor, en ese desamparo, para desvelar hasta qué punto tales eventos son, antes que nada, como el clásico de Tackeray, “ferias de las vanidades”. Deslizando así el discurso melancólico desde la predica habitual acerca de nuestra condición fugaz –que, pese a todo, sigue soterradamente implícita– hacia una modulación más intencionalmente centrada en el contexto de lo artístico, de lo que nos hablan, más allá, de hecho, de la consabida futilidad de la fama, es, en rigor, de cuanto afecta a su descarnado reverso tenebroso en términos contables.

  Y, si me apuran, la coincidencia de la ejecución de este ciclo de obras con un periodo en el que todo parece confabularse para que lleguemos a añorar, a modo de paradójica Edad de Oro, los tiempos de bonanza asociados a la estilizada y, a la postre, tan sabrosa silueta de las vacas flacas, permite que una segunda clave de lectura, seguramente inconsciente por parte de la artista, se desdoble. Lectura que, insistiendo en la consabida clave del bodegón, vendría a proclamar que, también en la escena espectral del arte –vayan tomando buena cuenta de ello– a esos ilusorios manjares que siempre fueron, nadie, ni Carpanta redivivo, habrá nunca de volver ni a soñar ya con hincarles el diente.


*Este es el texto de Fernando Huici que acompaña mi obra en el catálogo  de la exposición de los XI BECARIOS ENDESA, y que el propio Fernando me ha permitido publicar en el blog.

Huici ya había escrito sobre mi obra en más ocasiones, considero un privilegio el interés con el que ha seguido mi carrera. Sus aportaciones críticas han  enriquecido y matizado las posibles lecturas que de mi trabajo se pueden hacer.




10 abr 2013

LA INVITADA INESPERADA

NI ESTA NI SE LA ESPERA...
Esta empezaba a ser mi sensación...
La invitada inesperada, es el título con el que vuelvo a exponer en Madrid cuando casi se cumplen 8 años desde la última individual en mi ciudad.


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LA INVITADA INESPERADA.



Cuando pinto o dibujo nunca tengo el control, mi método es ir salvando obstáculos imprevistos hasta acabar la pieza. Practico una especie de indolencia técnica involuntaria que choca con mi manera mucho más controlada de elegir los motivos. Esa constante incertidumbre hace que mi trabajo resulte una tarea de lo más emocionante.

Estas sorpresas que me proporciona la práctica de la pintura son invitadas inesperadas que me visitan y alegran en el estudio a diario.



A veces ocurre que aparecen cosas en los cuadros después de pintarlos. Significados que rebosan y que son independientes de la primera intención que me llevó a realizar esa obra.

La serie de “Las camas” de esta exposición surgió buscando documentación en las revistas de decoración para hacer una serie sobre casas de coleccionistas. Me tropecé con los dormitorios de las casas de algunos artistas y galeristas y tuve el impulso de pintar sus camas. Y una vez pintadas han adquirido una personalidad propia.






Llevo tiempo trabajando sobre los espacios impersonales y clónicos que la globalización nos está obligando a habitar, estas casas que las revistas de decoración más exclusivas presentan como “las más bellas del mundo” no escapan en absoluto a este mal. Siempre intento encontrar algo que se haya salvado de esa marea de homogeneidad impuesta, y algunas camas inesperadamente acaban teniendo rasgos atribuibles a caracteres diferentes.

Las publicaciones dan los nombres de sus dueños (los artistas Louise Bourgeois y John Curryn entre otros) aunque es posible que ninguno haya  dormido en estas camas y todo forme parte de un juego de decorado y artificio.



 Las camas han sido uno de mis temas recurrentes y obsesivos. Las de esta exposición, sacadas de las revistas de decoración, no tienen aquella intención autobiográfica que impregnaba todas  las que pinté en los 90 y primeros 2000 bajo la invocación del escritor Georges Peréc. Sin embargo después de pintar estas últimas creo que de las imágenes aflora esa sutil huella que es capaz de evocar y recordar a alguien o algo. 


 


 También me sorprenden las cosas a mi alrededor. Práctico la observación de mis territorios más cercanos y rutinarios. Rastreo para encontrar las materias de mi iconografía. Llevo más de 10 años sacando fotos a los muebles con los que me topo en la calle. Comencé este registro fotográfico sin un fin concreto, sólo porque esos objetos llamaban mi atención, me preguntaba si era la única que se había dado cuenta de la cantidad de sillas, sillones, sofás y asientos de toda índole que a diario puedes encontrar nada más salir de tu casa. Más adelante nació la serie “Homeless”(sin techo), que podría describirse como una colección de retratos de muebles abandonados, la cual incorporé a la lista de familias de imágenes que tengo abiertas simultáneamente y a las que sigo añadiendo miembros a modo de “work in progress”. Los dibujos de esa serie llevan por título el nombre de la calle en donde hice la foto. 

 

  Tiempo atrás hice una serie que se llamaba “Vida salvaje” sobre mobiliario extraño y mutante surgido de los catálogos de ofertas de muebles que dejaban en el buzón de casa, y con la que pretendía parodiar la obsesión consumista que esa constante y abrumadora avalancha de publicidad provocaba a mi alrededor.  Sin duda mis “Homeless” son  las victimas de ese fenómeno.





 No puedo retirar de la calle los muebles que me encuentro y recogerlos a todos en mi casa, pero si puedo rastrear ese significado impreciso  del que son portadores, transmitirlo a través de las imágenes y esperar que más gente lo perciba también. 
Mi primera impresión al ver los muebles (casi siempre sillas) es que tienen vida, enseguida noto una actitud, un algo que los convierte en personajes, y me siento obligada a reproducirlos para que otros vean lo que yo,  y así sacar a la luz el carácter de signo de esos objetos rechazados. 
Estas criaturas han ido abarrotando el apartado de sillas con “ojos” de mi archivo, y me han empujado a crear esta galería de “Retratos de Asientos” para  inmortalizar con primeros planos sus “miradas”







 Por ultimo las “mesas de colores”, son de la cafetería de un centro de arte. Pretendía  seguir la estela de mi serie “Playtime” sobre lugares públicos. Lo que yo no había previsto es que las imágenes me invitaran a empezar una serie como ejercicio de variaciones de dibujo, luz  y color.



Muchos de éstos “ no invitados” de mi exposición están inquietos por colarse en otros sitios, buscan nuevos anfitriones, yo recomendaría al visitante que no se resista a su presencia y disfrute de la compañía.


T M 2013