10 mar 2016

Exposición en Siboney. (Spin-off. Parte 1ª)

  (PARTE 1ª)

Intento de apropiación de una silla de París II, spin-off.

Galería Siboney de Santander. 5 de marzo al 10 de abril 2016.

Vista de la exposición en Siboney

Spin-off se traduce como salpicadura o derivado. Y no sé con cuál de los dos significados quedarme porque me gustan ambos. Salpicadura tiene que ver con el medio que yo utilizo en mi trabajo, la pintura. Y derivado me trae a la mente la deriva, entendida como paseo sin rumbo fijo (muy asociado con el situacionismo y el mayo francés…). 

Intento de apropiación de una silla de Paris, la instalación que hice en La Naval el año pasado, donde unía la literatura de Georges Perec con la arquitectura neoplasticista años 20, la pintura de interiores holandesa y la silla estándar de Prouvé, se ha convertido en el punto de partida de un recorrido en el que estableciendo conexiones sin un objetivo específico, (a la manera situacionista), he seguido avanzando.


Comenzando en el colegio de Holanda de la Ciudad Universitaria Internacional de París (CIUP).



Colegio de Holanda en París


Proyectado por el arquitecto holandés Dudok. Se inauguró en 1938.

Con influencias del estilo internacional, es un maravilloso ejemplo de la arquitectura holandesa del periodo de entreguerras.

Acaba de ser reinaugurado después de una restauración integral. 


Allí tuve un estudio en otoño de 2001. 

Estudio del colegio de Holanda.


Donde encontré la silla de Prouvé que me sirvió de motivo para mi exposición en La Naval.




 Vista de la exposiciónen LA NAVAL.

Ahora apartir de aquella exposición he seguido el rastreando la silla de París.


Para este spin-off en Siboney, he recreado el taller como un interior holandés.





Interior holandés, 2016. Acrílico/lienzo. 38x46 cm.

He pintado otra versión de la silla de París, y un par de lienzos más sobre el intento de apropiación.

Intento de apropiación de una silla de París 2, 2016. Acrílico/lienzo. 35x 35cm. Intento 3, 2016. Acrílico/lienzo. 38x46cm.

 

Además mi deriva me ha llevado a la cafetería de donde probablemente salió la silla.


Restaurante universitario,1954. (CIUP)

Aunque puede ser que provenga del otro restaurante universitario de la Cité o de las zonas comunes de la Casa de México. Porque en todos ellos había mobiliario de Prouvé. 
Esto ocurría después de la guerra cuando al diseñador le encargaban muebles funcionales y de producción económica para amueblar todo tipo de espacios públicos.
 
Restaurante universitario, 1954. (CIUP)
He dibujado la cafetería universitaria y también he pintado un detalle de las mesas y las sillas con unas estructuras metálicas que servían de separadores y  perchero para los comensales.




Vista de la exposición en Siboney.



Cafetería Prouvé, 2016. Gouache y acrílico/papel. 51x76 cm.




Sillas restaurante universitario, 2016. Acrílico/lienzo.38x46 cm.

 

  *Este artículo está publicado en 2 partes y por tanto continúa en la parte 2º.

Teneis más información en:

GALERIA SIBONEY
Santa Lucía, 49
39003 SANTANDER
info@galeriasiboney.com


9 mar 2016

Exposición en Siboney. Spin-off (parte 2ª)



(PARTE 2ª)

Intento de apropiación de una silla de París II, spin-off.

Galería Siboney de Santander. 5 de marzo al 10 de abril 2016. 

También en los 50, Prouvé se construyó una casa en la ciudad de Nancy donde ya tenía sus talleres.  

 

Maison Prouvé en Nancy.    


A lo largo de los años que la habitaron, siempre hubo allí mobiliario ideado por él, como las sillas Standard.



Interior de la casa de Prouvé.



En el comedor tenían una curiosa mesa de 3 patas diseñada por Pierre Jeanneret para los Prouvé.




Comedor de la familia Prouvé con la mesa de Pierre Jeanneret y la mesa.


Comedor Prouvé,2016. Gouache/papel. 38x58 cm.

En la exposición incluyo un dibujo del rincón al lado de la chimenea con 2 modelos de sillones diseñados por él.

Cuarto de estar Prouvé, 2016. Gouache/papel. 38x58 cm.


Existe un retrato de Prouvé en su casa sentado en uno de esos sillones.
Prouvé en su casa de Nancy.

Hay un momento en que la familia cambió la lámpara del comedor, sustituyéndola por el modelo AJ Royal, diseño de 1960 del danés Jacobsen. Casualmente es la misma que tengo yo en mi comedor. 

Comedor Prouvé con lámpara Jacobsen, 2016. Gouache/papel. 28x38 cm.


Mi comedor,2016Gouache/papel. 28x38 cm.


Pero antes aquella habitación estuvo iluminada con prototipos de la lámpara Potence.

Salón de la casa de Prouvé con la lámpara Potence.

Para la exposición en Siboney nos han prestado una edición moderna.



Vista de la exposición en Siboney con la lámpara Potence de Prouvé.

De momento la penúltima parada de mi rastreo ha dado lugar a una serie nueva de gouaches sobre papel donde reproduzco casas de coleccionistas con mobiliario Prouvé.


La serie en la pared del estudio.




Coleccionista Prouvé nº 2, 2016. Gouache/papel. 28x38 cm.

Y es que los muebles del francés han pasado de ser producidos en serie para amueblar espacios de uso público, a en los últimos tiempos ser considerados obras de arte para coleccionar. Ahora están muy cotizados y hasta baten récords en el mercado, como la mesa Trapeze creada para un comedor de profesores universitario, y que no hace mucho casi alcanzó los 2 millones de dólares en una subasta.
Los diseños de Prouvé, al igual que ocurre con los de muchos de sus colegas de mitad del siglo XX, son reeditados y comercializados por firmas de decoración súper exclusivas, e incluso fabricados de imitacion en China.

Mesa para profesores, 2016. Gouache/papel. 21x29,5 cm.


Pienso que todo esto a él le dejaría perplejo, sobre todo cuando leo la siguiente reflexión suya: «Construye para la eternidad y los objetos podrían convertirse en reliquias del pasado. Construye para una generación y podrían durar varias generaciones».




24 mar 2015

El 30 de marzo inauguro en la galería La Naval de Cartagena, Murcia, 

 INTENTO DE APROPIACIÓN DE UNA SILLA DE PARÍS.


 

Boceto de la instalación Intento de Apropiación de una silla de París para La Naval.

El joven Cadou era aspirante a ser escritor. De hecho, llevaba ya meses preparándose para serlo. Era la alegría de sus señores padres, que, a diferencia de muchos otros, habían puesto a su disposición todo tipo de facilidades para que él pudiera ser escritor. Les hacía una ilusión inmensa que el joven Cadou pudiera un día convertirse en una brillante estrella del firmamento literario francés. Condiciones no le faltaban al chico, que leía sin tregua toda clase de libros y se preparaba a conciencia para llegar a ser, lo más pronto posible, un escritor admi 

A su tierna edad, el joven Cadou conocía bastante bien la obra de Gombrowicz, una obra que le tenía muy impresionado y que le llevaba a veces a recitar a sus padres párrafos enteros de las novelas del polaco.

Así las cosas, la satisfacción de los padres al invitar a cenar a Gombrowicz fue doble. Les entusiasmaba la idea de que su joven hijo pudiera entrar en contacto directo, y sin moverse de su casa, con la genialidad del gran escritor polaco.

Pero sucedió algo muy imprevisto. Al joven Cadou le impresionó tanto ver a Gombrowicz entre las cuatro paredes de la casa de sus padres, que apenas pronunció palabra a lo largo de la velada y acabó —algo parecido le había ocurrido al joven Marboeuf cuando vio a Flaubert en la casa de sus padres— sintiéndose literalmente un mueble del salón en el que cenaron.

A partir de aquella metamorfosis casera, el joven Cadou vio cómo quedaban anuladas para siempre sus aspiraciones de llegar a ser un escritor.

[Cadou] (…) no se limitó a verse toda su breve vida (murió joven) como un mueble, sino que, al menos,pintó. Pintó muebles precisamente. Fue su manera de irse olvidando de que un día quiso escribir.

Todos sus cuadros tenían como protagonista absoluto un mueble, y todos llevaban el mismo enigmático y repetitivo título: «Autorretrato».

«Es que me siento un mueble, y los muebles, que yo sepa, no escriben», solía excusarse Cadou cuando alguien le recordaba que de muy joven quería ser escritor.

Sobre el caso de Cadou hay un interesante estudio de Georges Perec (Retrato del autor visto como un mueble, siempre, París, 1973), donde se hace sarcástico énfasis en lo sucedido en 1972 cuando el pobre Cadou murió tras larga y penosa enfermedad. Sus familiares, sin querer, le enterraron como si fuera un mueble, se deshicieron de él como quien se deshace de un mueble que ya estorba, y le enterraron en un nicho cercano al Marché aux Puces de París, ese mercado en el que pueden encontrarse tantos muebles viejos.

Sabiendo que iba a morir, el joven Cadou dejó escrito para su tumba un breve epitafio que pidió a su familia que fuera considerado como sus «obras completas».

 “Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio.”
Clement Cadou. Epitafio (Obras completas)

(Enrique Vila-Matas. Bartleby y compañía. Anagrama 2002)

 

  En otoño de 2001 disfruté durante 4 meses de una beca en la Ciudad Universitaria Internacional de París.

En aquel viaje, sin haberlo planeado premeditadamente, decidí leer a mi admirado Georges Perec en francés. En la biblioteca del Colegio de España, donde me alojaba, encontré un libro que me pareció muy apropiado en aquel momento: Tentative d’épuisement d’un lieu parisién.
En él hallé una frase que desde entonces se convirtió en leit motiv de mi trabajo; escribía Perec: “Mi propósito en estas páginas es describir el resto: eso que no se nota generalmente, eso que no destaca,  eso que no tiene importancia: eso que pasa cuando no pasa nada, sólo  el tiempo, las gentes, los coches y las nubes.”

Con mi francés básico traduje el título del libro como Intento de apreciación de un lugar parisino. Ahora, gracias a una edición en castellano (Gustavo Gili, 2012), se que la traducción correcta es Tentativa de agotamiento de un lugar parisino.
Esta confusión lingüística es la que alienta el nombre de Intento de apropiación de una silla de París.

Perec es una de las patas en la que se asienta el proyecto que presento en La Naval. Mi instalación quiere además rendir homenaje a una construcción singular de los años 30, a la pintura de interiores holandesa del XVII y a la silla Standard de Jean Prouvé.

Aquella estancia, me brindó la ocasión de conocer un maravilloso edificio de los años 30,  ya que me adjudicaron un estudio situado en el Colegio Holandés (College Néerlandais). El colegio por fuera me encantó, pero todavía me pareció mejor cuando accedí al interior por aquella marquesina de entrada tan peculiar, allí estaba la conserjería y después el amplio hall donde hacían la vida los estudiantes. Me fijé en la carpintería original de hierro de los ventanales que daban al patio central, en las barandillas de las escaleras, en los suelos, etc. Todo me llamaba la atención y todo me gustaba.










College Néerlandais. Ciudad Universitaria Internacional de París.






  Entrada principal y vistas del interior del Colegio Holandés.





Aquel atelier del Colegio Holandés tenía paredes blancas y el suelo de baldosa ajedrezada, dos grandes ventanales por los que entraba luz natural y muchos armarios empotrados, además de un cuartito con un lavabo. Su escueto mobiliario consistía en una mesa grande lacada en negro, diseñada para ser utilizada por dos estudiantes, y un par de sillas que  el inquilino anterior (el pintor Santiago Idañez) usaba para apoyar sus lienzos mientras pintaba. Pero como yo llevé desde Madrid mi caballete de estudio desmontado, las usé para sentarme a trabajar en la mesa.



Taller de París. 2010. Gouache sobre papel. 21x29,5 cm.





  Silla del taller de París. 2010. Gouache sobre papel. 21x29,5 cm.




Desde el principio quedé intrigada con una de las sillas, que se convirtió en mi predilecta. La fotografié desde varios ángulos y como me ocurre a menudo, pronto encontré que aquella silla tenía personalidad propia. Yo sentía que aquella silla era especial. Entonces en una visita al Museo de los Años Treinta conocí el mobiliario de Jean Prouvé y lo tuve claro. Consulté libros y descubrí que aquella silla era una de las que el francés había diseñado para amueblar la cafetería de la Residencia  de Ingenieros de Artes y Oficios en los años 50. Durante los sucesos de mayo del 68, cuando las casas y las instalaciones de la Cité fueron ocupadas, aquellas sillas anduvieron de un lado para otro y esta había acabado su deriva en aquel estudio donde llevaba años sin llamar la atención.







  

 La silla de París. 2014. Acrílico sobre lienzo. 33x46 cm.



La tentación de apropiarme de aquella silla fue realmente fuerte. Con los lienzos, bastidores, el caballete, etc., yo tenía mucho material para mandar de vuelta a España. La beca incluía una bolsa de viaje para transporte y compré en unos almacenes parisinos (BHV Marais) un gran baúl rojo metálico para llenarlo de cosas. No me hubiera resultado difícil meter dentro la silla y llevármela.
Tengo la seguridad de que nadie la habría echado en falta porque yo misma fui la que avisé en la oficina de asuntos culturales de la Cité, y allí se pusieron contentísimos porque desde hacía algún tiempo habían puesto en marcha un inventario del mobiliario original y no tenían ni idea de su existencia. ¡Cuántas veces me he arrepentido de ese arrebato de honradez!

Así comenzó mi historia de amor por la silla Standard de Prouvé. A partir de aquellas fotos tomadas en el estudio la he pintado y dibujado muchas veces. Hace ya unos años escribí: “Pintar cosas, me devuelve aquellos objetos que he perdido y también me libera de la necesidad de poseerlos”, pero en el caso de la silla Standard esa teoría no me ha funcionado




    
   Nº 25 (Serie Retratos de Asiento). 2011. Gouache sobre papel. 13x21 cm.










Serie Ojitos. 2004. Gouache sobre papel. 4 piezas de 38x57 cm.





Ahora al remirar unas fotografías del taller donde sale el baúl rojo me he dado cuenta de que el rincón, con la baldosa en damero y la luz que entra oblicua por la ventana, parece sacado de un cuadro de interior holandés. El hecho de haber estudiado últimamente la pintura holandesa del XVII me ha llevado a caer en la cuenta de que aquel otoño en París yo había ocupado mi propio “interior holandés”, y por eso he pretendido dar ese aire a estos dos lienzos referentes al frustado intento de robo.

Teresa Moro, Marzo 2015









 Silla Standard con libro y Baúl rojo en interior holandés. 2015. Acrílico sobre tela.
18x18 cm.






Podeis ver toda la historia y proyectos de La Naval en http://www.lanaval.com/LaNaval/Home.html




















10 feb 2015

Exposición colectiva "El tiempo de las canciones"

"EL TIEMPO DE LAS CANCIONES" Exposición colectiva en la galería My name's Lolita Art. Madrid.

Este jueves día 12 de febrero se inaugura en My name's Lolita una exposición colectiva comisariada por el artista Dis Berlín.

La propuesta que nos hizo fué que eligieramos una canción para ilustrarla en formato portada de "single" (vinilo de 45rpm), es decir respetando las dimensiones de 18x18 cm.

Y la verdad es que no resultaba fácil para mi porque, sinceramente, en general me cuesta ilustrar ideas ajenas, así que deseché muchas canciones que me encantan pero que era incapaz de convertir a imágenes. 
Al final elegí una de Bob Dylan, un fecundísimo "hacedor" de canciones que siempre he disfrutado escuchando. Y no, no es "When I paint my masterpiece" ni "She belongs to me" (She's got everything she needs,  She's an artist, she don't look back,  She's got everything she needs, She's an artist, she don't look back, She can take the dark out of the nighttime, And paint the daytime black,..), las dos son demasiado "oscuras" para mi. La ganadora fué "I'll be your baby tonight", canción sencilla donde las halla y que invita a disfrutar (al menos por una noche). Es de las que siempre canto mientras la escucho sonar.


"I'll be your baby tonight, (Bob Dylan)" Acrílico sobre tela, 18x18 cm.
 
En la Galería My Name’s Lolita Art. Calle Almadén, 12, bajo. Madrid. Desde el 13 de Febrero.

Acabo con un texto del comisario sobre la exposición.


45 RPM

Esta exposición es un homenaje a las canciones.
Quienes tuvimos la suerte de tener tocadiscos de jovencitos, paladeábamos la música canción a canción en los discos de 45 rpm. A parte del encanto de sus portadas, en ellos estaba generalmente lo mejor de los LP’S.
El impulso de querer escuchar determinada canción, tenía la ritualización inevitable de sacar el vinilo de su funda, colocarlo en el giradiscos y finalmente con delicadeza posar la aguja. Antes de esto, estaba la decisión de elegirla entre todas las que nos tentaban en la tienda discos, pues era un objeto caro.
Ahora que la música parece llovida del cielo, con Spotify o los MP3, los tres minutos que solía durar una canción, ya no son el formato con el que se suele disfrutar la música. El mismo empacho se ha impuesto en los interminables CD’s, frente a la más o menos media hora que duraban los LP’S.
Me temo que ese cambio no es algo que tiene solo que ver con la forma en que se reproduce la música, sino con la esencia de lo que es o no es una canción.
Hoy mucha gente confunde “temas” con “canciones”. Simplificando, la diferencia entre uno y otro sería que un tema se nos olvida a los pocos minutos de haberlo oído; una canción, buena o mala, se nos graba, a veces a fuego, en nuestra memoria. Basta una ráfaga de notas de una canción que no escuchábamos hace años, para que cobre vida de nuevo. Un tema, debido a su naturaleza amorfa, nace de la nada y se va al olvido. Una canción, a veces a pesar nuestro, es un “alien” que vivirá para siempre dentro de nuestra mente o de nuestro corazón.
El título que he elegido para esta exposición es la frase con la que suele iniciar su programa “Islas de Robinson”, Luis de Benito en Radio 3. Un programa que, al igual que el imprescindible “Flor de pasión” de Juan de Pablos, recomiendo siempre a los fanáticos de las canciones.
Aunque, por desgracia, es raro que nos pidan portadas a los pintores, somos probablemente el gremio que más música consume y que por lo tanto más disfrutamos de su influencia.
 

Dis Berlin



25 feb 2014

ROSEBUD. Exposición colectiva.


Se Inaugura el Sábado 1 de Marzo a las 12:00 del mediodía en el espacio de Vuela Pluma Ediciones. C/San Lucas, 3. Madrid.
María Escribano cuenta que la idea de la exposición nació en una conversación con Eugenia Niño y Gemma Sunñer sobre Ciudadano Kane de Orson Welles.

Desde el momento en que me llamó María para proponermelo a mí me apeteció participar.

Mi pieza habla más de la adolescencia que de la infancia, en ella he vuelto a pintar la litera que compartía con mi hermana en la casa familiar donde me crié.
La he planteado como un Vanitas. Incluso he copiado el formato en semicirculo de los Dos Jeroglíficos de las Postrimerías de Valdés Leal que se encuentran en el Hospital de la Caridad de Sevilla, también de esas obras barrocas viene la sentencia en latín de la filacteria: "In ictu oculi" que se traduce como "en un abrir y cerrar de ojos".



In Ictu Oculi de Valdés Leal


Para la ocasión han editado un cartel con las obras (que no podían pasar de 40 x 50 cm) de los 20 artistas que participan y con el texto que ha escrito María Escribano.
La lista completa de artistas: Almudena Armenta, Carmen Calvo, Charris, Dis Berlín, Forns Bada, Alfonso Galván, Carlos García Alix, María Gomez, Mariana Laín, Juan Antonio Mañas, Perico Pastor, Guillermo Perez Villalta, Agueda de la Pisa, Miluca Sanz, Juan Carlos Savater, Brigitte Szenczi, Pilar Insertis, Rafael Zapatero y yo.

Este es el cuadro que he pintado para "Rosebud".


  "Vanitas", 2014. (Acrílico sobre lienzo. 46 x 38 cm)

Estoy encantada y agradecida de poder añadir aquí para completar esta entrada el texto que María Escribano ha escrito para la exposición y que se encuentra impreso en el reverso del cartel que Vuelapluma ha editado.

Veinte Rosebuds en Vuelapluma.

“El señor Kane fue un hombre que tuvo cuanto se puede desear y lo perdió luego. Puede que Rosebud fuera algo que no pudo conseguir o algo que perdió”.

Secuencias finales de Ciudadano Kane.

“¿Cómo voy a resistir el dolor de todo lo que se ha perdido sin dejarme siquiera el sueño de una edad prístina, teñida tal vez por el violeta de la melancolía, sin un mito de la expulsión que sirva para interpretar mi dolor?.” 

J.M.Coetzee. En medio de ninguna parte.

¿Pero hubo alguna vez una edad prístina y si la hubo, fueron los hombres que tuvieron la

fortuna de vivirla, conscientes de ella?. Desde el principio de los tiempos parece que el ser

humano fantaseó con la idea de una Edad de Oro en la que los dioses y los hombres eran uno

y a la que seguía la escisión, la degradación y la pérdida. Hesíodo nos ha dejado la primera

narración de ese orden descendente desde el oro al hierro, que planeará sobre occidente

durante siglos, de tal modo que podría decirse que el recuerdo de una Edad de Oro o de un

Paraíso Perdido, ha sido uno de los grandes temas de la cultura occidental.

 Pero es sin embargo desde el Renacimiento, un momento de ruptura con un mundo

de fronteras precisas y de precaria delimitación de otras nuevas , un momento de

descubrimiento de nuevos mundos físicos e imaginarios , cuando esta conciencia de pérdida

y esta añoranza de plenitud a la que llamamos melancolía, teñirá con mayor intensidad

toda la cultura de occidente. El neoplatonismo, abonará la idea de un alma infinitamente

luminosa en su origen a la que la materia oscurece y a la que el aprendizaje devuelve parte de

lo que ha olvidado. De ello se seguiría igualmente que la melancolía podía transportar a un

estado que permitía recobrar la clarividencia, el conocimiento en estado puro, por intuición

directa. Así los artistas, nacidos bajo el signo de Saturno, serían aquellos a los que su condición

melancólica permitiría vislumbrar la visión del paraíso y el arte el lugar en el que se acababa

alumbrando el fruto de esas visiones.

Desalojado de la vida cotidiana el neoplatonismo, reducido casi exclusivamente en

nuestro tiempo a estantería de erudito, la melancolía mostrará sin embargo su resistencia,

su capacidad para mutar y seguir afectando a todos cuantos tienen la sensación de

haber perdido algo o no han encontrado todavía lo que buscan. Y así la sicología vendrá

en su ayuda y ensayará una explicación distinta (y quizá no menos platónica) para esa

añoranza porque no es ahora una vida anterior, pero si la infancia, la proveedora de ese

conocimiento mágico que proporciona la medida exacta del nombre de las cosas. La sicóloga,

Marion Milner, investigadora de referencia en la relación entre juego y creatividad, no puede

evitar asociar ese momento con “el poeta primitivo que hay en cada uno de nosotros” e

incluso pensar que ese estadio de la vida “se parece demasiado a las visitas de los dioses”.

La madurez, la entrada en la razón, supondría la gran fractura, la privación de la intimidad con

la realidad y es el arte el que de alguna forma volvería a devolvernos parte de ella.

 En 1941, cuando América comenzaba a salir de la Gran Depresión, Orson Welles realiza

Ciudadano Kane y la mítica película no es una emotiva confesión de experiencias iniciáticas

como cabría esperar de un joven de 26 años , sino la historia de un hombre poderoso

y depredador contada desde su niñez hasta sus momentos finales . Fiel a la tradición que

encuentra en el desengaño y la decepción, uno de los principales resortes de la creación

artística, Ciudadano Kane puede leerse como una denuncia de la futilidad del poder y los

bienes materiales, pero es sobre todo un dramático lamento de la irremediable pérdida del

paraíso de la inocencia. Orson Welles vuelve así en esa obra realizada en estado de gracia, a

narrar la melancolía de un hombre simbolizada en una palabra, Rosebud , y en un objeto,

un trineo, que el fuego acaba consumiendo y cuya íntima asociación entre ambos, el gran

secreto de la historia, quizás de todas la historias, solo el propio Charles Foster Kane y nosotros

los espectadores conocemos . Mientras lo vemos consumirse en el fuego de la gran chimenea

de Xanadú, esa escena final vuelve a recordarnos de nuevo el imposible encuentro de las

palabras y las cosas, perdido en el mundo ideal de la infancia y origen de cualquier forma

de melancolía. ¿ Como no evocar ante ella El sueño de Colerigdge, y pensar en Rosebud

como una nueva manifestación de ese arquetipo, ese objeto eterno al que Borges imagina

ingresando paulatinamente en el mundo para agregar a la realidad sueños como el palacio

de Kublai Khan y el poema de Coleridge?.

 Pero vivimos ya en otro tiempo y sufrimos otra modalidad de Gran Depresión. En El lobo de

Wall Street, Scorsese relata también la ascensión y caída de un triunfador posmoderno,

depredador como Kane, pero a diferencia de este sin un Xanadú real o imaginario que

habitar, sin un Rosebud que situar en una edad primigenia, sin la añoranza de la llegada

de ningún arquetipo, de ningún objeto eterno. A diferencia de Charles Foster Kane, Jordan

Belfort , no se nos presenta como un personaje melancólico rodeado de obras de arte, sino

como alguien que , por citar dos obras de un gran melancólico contemporáneo , J.M. Coetzee,

ha sobrepasado la Edad del Hierro para aterrizar En medio de ninguna parte, en un mundo

infernal, sin pasado, sin referencias y sin jerarquías. Un medio ciertamente hostil para

determinado tipo de artista, para determinado tipo de arte… si no se opta por salirse del

tiempo, por rebelarse contra él.

Esta exposición parte de una conversación sobre la película de Welles. Reunir a una serie de

artistas, para que nos desvelaran su Rosebud personal, fue una tentación irresistible y quizá

un atrevimiento , aunque bien mirado , ¿qué otra cosa continúa haciendo el arte ,al menos

aquel que sigue interesado en el deseo de conciliar el mundo ideal y el mundo sensible,

sino tratar de resucitar el Rosebud primordial?. Elegimos a artistas, diez hombres y diez

mujeres, que estuvieran en il mezzo del camino, un buen momento para extender la mirada

sobre el pasado y tratar de descubrir a que imagen asociaron el vislumbre de la plenitud

y si esa imagen fue después una referencia en sus vidas o en sus obras. Una imagen que

puede aparecer soleada como la cúpula del palacio de Kubla, aunque flotando en el abismo

tenebroso , pues no ignoramos que el arte ha podido nacer justamente de esa desgracia,

de esa pérdida de inocencia, de ese pecado original de la memoria, porque ¿quién desearía

en occidente cantar un paraíso que no se ha perdido?. Nuestro pecado nos conforma

como hombres tanto como nuestra gracia de modo que nuestro olvido, nuestra mutilación

primordial, nuestra insatisfacción, nuestra melancolía en fin, es una llamada de atención

a los dioses para que acepten el reto y acaben por reconocernos y devolvernos el tiempo

perdido.

 Es muy posible que cuando escribió el guión de Ciudadano Kane, Orson Welles admirador

de los poetas románticos ingleses, conociera Xanadú, el famoso poema de Coleridge, pero

no había podido leer el cuento de Borges publicado en Otras Inquisiciones en 1952 . Quizás

el viejo trineo haya viajado ya al universo de los arquetipos para simbolizar, como el

arte, aquello que nos saca del tiempo, que nos despierta del letargo de la existencia para

devolvernos un instante de iluminación. También nosotros confiamos en que la serie de

sueños y trabajos no haya llegado a su fin y en que no cesará el número de soñadores que

en cualquier lugar y en cualquier momento nos devolverán las cosas, las rescatarán de los

sueños para darles la forma de un palacio, un poema, un mármol, una música o una pintura.

Fue con esa esperanza, con esa secreta intención, con las que, en una noche de primavera,

Eugenia, Gemma y yo planeamos esta exposición.

 
María Escribano. Enero de 2014